viernes, 14 de junio de 2019

La Casa Verde de la Colina


Salgo de las profundidades y me dirijo a ti. Quiero decirte que me dejes, una vez más, surcar los cielos, los mares y la tierra, porque para eso vine al mundo. Vine a admirar la creación que una vez nos regalaste y que hiciste posible con esta inmensa naturaleza tan precisa para nuestra subsistencia.
Es tan admirable y grande que no encuentro palabras para expresar mi agradecimiento por esta belleza. Solo enséñanos a perpetuarlo para que nuestros hijos puedan disfrutarlo y admirarlo.
Que el orgullo y el egoísmo no nos devore. No destruyamos estas maravillas que una vez pusiste sobre la faz de la tierra, de las aguas y del cielo.
Danos las herramientas para hacer entender al hombre que esto no es eterno, que todo acaba y que hay que cuidar el regalo que una vez nos hiciste.

Sofía y Pedro vivían solos en una casa de campo, rodeados de naturaleza. Solían poner música. Unas veces los acompañaba la radio, otras veces los discos de vinilos, que ya escaseaban. Ella los guardaba como un tesoro. Sofía los ponía en su tocadiscos de aguja, otro de sus tesoros junto a sus libros. Se habían quedado huérfanos y desde entonces habían estado viviendo solos. Su vieja tía, les ayudaba como podía, vivía enfrente, en otra casa de campo. Habían hablado muchas veces de unificar las viviendas, pero ambas partes, querían guardar al mismo tiempo su intimidad e independencia.
A veces la tía hacía largos viajes por España y el extranjero. Le encantaba viajar y pasar largos periodos de tiempo fuera. Cuando volvía, les contaba a Sofía y Pedro las historias de sus viajes y les enseñaba fotos. Era una profesional muy buena de la fotografía. Por su profesión, periodista, había hecho reportajes por el extranjero. Incluso de jubilada no dejaba esos viajes. Decía que había muchos sitios por conocer.
A veces se llevaba a sus dos sobrinos con ella, cuando coincidía con el periodo vacacional. Sofía, la hermana mayor, era maestra y le encantaba serlo. Iba al pueblo de al lado con la camioneta, para desplazarse mejor por el terreno accidentado del campo, porque la escuela estaba en el pueblo de al lado, a varios kilómetros. En ella llevaba a varios niños, Junto a su hermano que le ayudaba como monitor de apoyo y les daba clase en un aula unificada, en la que había varias edades y niveles de aprendizaje. Era muy guay, porque ponía a los más pequeños “por rincones”; podían ir de un rincón a otro, y cada rincón era de una actividad y temática diferentes: estaba el rincón de la cocinita, el de trabajos manuales y pintura. Había otro de talleres de marioneta, con muñecos hechos por ella, tanto de manopla como de dedo, o hechos con un palo de polo (todo era muy ingenioso). Estaba el de los disfraces, en el que sacaba de dentro de un gran baúl los trajes y pelucas, y había caretas, y bigotes y barbas… ¡Era muy divertido! Y enlazabas uno rincón con otro… Te podías disfrazar de lo que quisieras e ir al rincón de la cocina, o al de las profesiones, o al taller de manualidades y pintura.
 Sofía también trabajaba por proyectos y cada mes tenía una temática: el cosmos, las estaciones… o lo enlazaba trasversalmente con el clima. Tenía muchas maneras y todas divertidas de trabajar con los niños, de forma que no parecía que estuvieran trabajando o en un cole tradicional, porque no lo era. Podían deambular por el aula, sin sillas, ni mesas. Podían, si hacía bueno, dar la clase fuera, en medio de la naturaleza, ¡y era fantástico!
Los mayores sí tenían mesas, pero también podían o bien ponerlas en círculo, o levantarse y ayudar a los pequeños con los talleres y disfraces, fabricándolos ellos mismos. O haciendo las letras gigantes y saltándolas mientras la nombraban. Con ellas construían palabras. Eran aros gigantes que estaban diseminados por el espacio del aula y les encantaba jugar a hacer frases.
Y así pasaban la mañana en la escuela. Luego regresaban a la casa y la tía les tenía preparada la comida; comían los tres juntos. Luego la tía se iba a su casa. Ella sí tenía televisión y le gustaba ver la telenovela. Mientras, Sofía y Pedro le daban de comer a los animales. Tenían un caballo, un gato y un perro. Y hasta una charca con un pato, ¡era divertidísimo!
 —. Más bien una oca, porque entraba a la casa y todo. Y se ponía delante de la chimenea, y luego salía y volvía a la charca. Pero a las noches, Sofía la dejaba quedarse en la cuadra. Allí se reunían los animales. Era muy gracioso verlos reunidos como en asamblea; parecía que se entendiesen y hablaran de sus cosas. A veces se reunían con ellos en vez de que ellos entraran en la casa. Podían hacerlo todos, menos el caballo, ¡claro! El hecho, es que Sofía acababa muchas veces contando cuentos en la cuadra, rodeada de los animales, que de vez en cuando le tiraban de una página. Muchos cuentos acababan con mordeduras o con algún zarpazo del perro, una huella sucia de su zarpa llena de tierra. Entonces Sofía hacía un mohín, y se ladeaba, pero sonriendo, y entonces por el otro lado venía el gato, que se subía a su regazo porque quería que dejase el libro y le hiciera mimos.
 » Las noches antes de acostarnos eran muy amenas; a nosotros no nos hacía falta la televisión para nada. Si estábamos fuera, disfrutábamos de la naturaleza y escuchando los cuentos de Sofía o, si estábamos dentro, al calor del hogar de la chimenea. O poníamos música y leíamos tranquilamente. Así nos podíamos pasar el rato sin darnos cuenta. Había veces que me dejaba ayudarla en la cocina, cuando hacía la comida para el día siguiente, para que la tía solo tuviera que calentar. No le gustaba abusar de ella, y así se distribuían las tareas. El sábado era el tiempo de ir también al otro pueblo que tenía una tienda en la que comprábamos todo lo que necesitábamos y lo traíamos en la camioneta.
» Pero un día fuimos al médico, porque Sofía no se encontraba bien, y eso me preocupó. No quería que pasara como con mamá o papá, pero la historia se repitió. ¡Sí!, iba a ser ese fatídico día de una revisión rutinaria, cuando le anunciaron que tenía cáncer y que, o se operaba y le quitaban un pecho, y luego le daban la quimio, o… Pero mi hermana no quiso oír hablar de aquello. Se levantó, impasible, me dio la mano y salimos de la consulta del médico.
—No vamos a pasar otra vez, conmigo, lo que pasamos ya con nuestros padres: de médico en médico, de consulta en consulta… hasta el final. Nos vamos a casa y seguiremos viviendo como hasta ahora. Y que pase lo que tenga que pasar… —dijo Sofía.
Y fue esa noche cuando nos contamos un cuento, nada convencional…
Como a veces hacíamos desde pequeños, como nos hacía nuestra madre, el empezar uno con una frase y seguir el otro, y concadenar las historias, y salían cosas chulas; Ésta, una de ellas…
“Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacia mí y besé su hocico. seguía siendo tan natural para mí estar con ella… La había criado desde bebé, y no me imponía su tamaño, no me impresionaba. Era tan maravilloso volar cabalgando a su lomo, galopando al viento a toda velocidad, con la manada de caballos salvajes por las marismas del Parque Natural de Doñana… Pensar que tenía mi propia criatura, mi propio caballo, era una de mis grandes satisfacciones en la vida, junto con haberlo podido criar desde pequeño y ver en el precioso ejemplar que se había convertido. ¡Estaba eufórica! Solo esperaba que causara sensación en el hipódromo. ¡Había nacido para correr! ¡Nacido para ganar! Lo tenía bien enseñado y era mi mayor orgullo. A ver cómo se comportaba en los cajones de salida, que era el momento peor. Pero no, no me iba a decepcionar. Aunque fuera su primera carrera, iba a ser espectacular y causaría una gran sensación.
¡Venga, Negro, que nos vamos a tu primera carrera! ¿Estás nervioso? ¡Es natural! Toma una manzana, que tanto te gusta…
De repente, extendió sus alas y voló sobre mi cabeza. ¡Sí! Era una majestuosa criatura, pero no un caballo sino un unicornio blanco. Mi amigo. Mi familia. Lo había criado desde que lo encontré, solo, perdido en el bosque y ya nunca nos separaríamos. Para los demás sería un caballo de carreras: para mí, era mi alado compañero mágico.”
—¡Qué bien! ¡Qué bonito! —dijo Pedro.
Estaban como siempre en el salón y con su vieja tía, al calor del hogar. El periódico en donde había trabajado la tía estaba en la capital, sí, porque ella había vivido en Madrid toda su vida. Hasta que decidió venirse más cerca de sus sobrinos para echarles una mano, aunque tomaron la decisión de hacerlo de esa manera tan curiosa, cada uno en una casa diferente…
Y al día siguiente Pedro le propuso una idea que le rondaba la cabeza a la tía, y ella se interesó por el proyecto. Ya sería su proyecto juntos: “El proyecto Sofía” del que saldría su nuevo libro. Pero no se podía hacer sin contar con ella. Ella tenía que elegir y corregir y reescribir de nuevo sus historias y darles forma de libro. Todo sería muy laborioso, pero así la tendrían entretenida e ilusionada con el nuevo proyecto.
Y Sofía se entusiasmó con la propuesta de su hermanito:
 —¡Vaya hermanito!¡Una idea genial! Voy a rebuscar por los cajones y en mi baúl que ahí guardo los de la primera etapa, cuando vivían papá y mamá.
Y se puso manos a la obra. Le gustaba escribir y corregir sus cuentos de noche, después de que Pedro se durmiese. No se sabía cuándo descansaba, porque a primera hora de la mañana ya estaba preparando el desayuno y había adecentado el establo y dado de comer a los animales.
Y pasaron unas semanas…
—¡Venga hermanito! Que nos vamos a la escuela. Hoy les tengo a los niños, una sorpresa ¡Y a ti, claro!
—¿Qué es?, ¿qué es? —preguntó Pedro entusiasmado.
—Pues verás, tengo preparada aquí una selección de mis cuentos ya corregidos, y quiero organizar con ustedes, que sois mi público por excelencia, si no decir el único, —Y se rio ella sola—, una primera lectura. Sé que, a la vez, sois un público exigente y que no os calláis una, así que me servirá de medidor de la valía de mis cuentos.
—Pero si ya te los hemos oído contar muchas veces… Nos los has contado casi todos, a no ser que tengas alguno nuevo. Y sabes que nos entusiasman tus cuentos y, además, la manera tan expresiva de contarlos. ¡Es que parece que los vives, o los radias, como una locutora de radio! Tienes un público entregado y ya rendido a tus pies—dijo riendo el hermano.
Sofía leyó el primer cuento, y el segundo y el tercero, y todos, al acabar cada lectura, aplaudían entusiasmados. Y entonces tosió, y tosió. Era mucho tiempo el que se había pasado leyendo los cuentos y, con un pañuelo de tela que sacó del bolsillo, pues no le gustaban los de papel, se tapó la boca y, al retirarlo, vieron asustados que había sangre en el pañuelo y llamaron a la tía por teléfono. Y mientras un vecino le acercó al hospital. No había tiempo que perder. Ya la tía se reuniría con ellos allí, pero lo principal era que la viera el doctor. Ya que ella había renunciado al tratamiento, los protocolos de urgencia y primeros auxilios se activaron y les dijeron que era una hemoptisis. y Eso significaba que estaba afectado el pulmón. No les pudieron dar peor noticia, ni peor pronóstico posible. Todo se precipitaría por no haber hecho caso en una primera instancia de los médicos. Ya se temían lo peor: que el proyecto fracasaría y no vería la luz. Con todo lo que habían trabajado…
La tía apareció y se asustó al verla así. No venía sola, y les sorprendió verla con un compañero periodista, bien parecido y apuesto y con un paquete. Pedro no se lo podía creer ¿Sería posible? ¿Sería verdad? Era una prueba de maquetación. Sofía tenía que elegir entre varias opciones que le proponían, pero ahí estaba, el proyecto hecho papel. Era tangible, iba a ser realidad, sería definitivamente verdad.
Ella se recuperó un poco de aquel episodio, y desde entonces ya está en tratamiento y con todos los protocolos activos. Ya se deja hacer, a su pesar. No le quedaba otra, era demasiado arriesgado y peligroso abandonarse como lo había hecho, una chiquillada. Y desde entonces van y vienen al hospital, con sus análisis periódicos. Ya tiene fecha de operación y lo va asumiendo, pero contenta, porque por fin eligió la portada de su libro y salieron las primeras galeradas. Y Pedro, el hermano de una escritora, ¡Si ya era un hecho! Era una escritora y ganado a pulso.
Llegó el día de la presentación y la tía hizo los honores. La presentó y llamó a sus amigos del periódico. También hizo una reseña y un artículo con la noticia de la presentación del libro, y el pueblo se llenó de madrileños ¡Ja, ja, ja! Para un pueblecito pequeño y perdido, eso fue todo un acontecimiento. Y se juntaron padres y alumnos de otros pueblos, y ella estaba que se salía de lo contenta que se sentía. Quería hacer algo personal y especial, una pequeña lectura de una selección, una lectura de las suyas teatralizadas, y fue todo un éxito. Todos la trataron con la mayor naturalidad posible, mirando mucho que no se sintiera demasiado estigmatizada por la enfermedad porque, ella se sentía observada, y lo último que quería es que sintieran lástima. Pero todo fue fenomenal y ella se sintió feliz.
Pasó la presentación y vio su libro en las librerías. Donó algunos ejemplares a la biblioteca e hizo lecturas en la plaza, con sus alumnos y los padres de sus alumnos.
Pasaron unas semanas y sus alumnos la visitaban en casa. Ya la había sustituido otra profesora en la escuela. Ella lo dejó y se dedicó por entero a escribir, aunque echaba de menos las clases y a sus alumnos. El tema de la escritura le absorbía el tiempo, y las presentaciones que había hecho en Madrid y por la provincia la habían tenido ocupada. Por eso y no por otra razón, la tuvieron que sustituir. Y luego no tuvo el valor de ocupar de nuevo su puesto y echar a la que estaba en su lugar, así que prefirió seguir escribiendo.
Su ilusión era escribir una novela y la quería hacer sobre sus padres, la labor que hicieron por los cultivos naturales en el campo, por la educación rural, por la reconstrucción de viejos parajes naturales, por devolver la vida a zonas rurales, evitar su despoblación y habitarlas. Al darles forma a sus sueños, los mantenía vivos ya para siempre y con honores. Esa era la ilusión de Sofía. Porque el campo, las zonas rurales y los cultivos naturales no podían morir por la superproducción de las grandes cadenas y los alimentos procesados. Se sabía que esos alimentos con aditivos y azucares añadidos eran veneno, un engaño, en lo referente al sabor y dañinos para la salud.  Ella quería darle voz a la cantidad de gente, y lo más preocupante, de niños obesos que hay en las nuevas generaciones, y las graves consecuencias a nivel de la salud que tienen, y hacerles justicia a sus padres, que murieron por ello.
Porque Sofía estaba segura de que los canceres, la enfermedad con mayor mortalidad que hay actualmente, era originada por la alimentación, la industrialización y el procesado de los alimentos. Y no se podía callar, tenía que escribir este libro y darle voz a su llamamiento, hacerse oír.
Hace años hubo un gran descubridor, un verdadero revolucionario del aprendizaje: Skinner, maestro del estímulo y refuerzo.
La famosa “Caja de Skinner” sirvió como medio para introducir diversas variables y analizar cómo afectaban en la frecuencia con la que se producían ciertas conductas. Estos experimentos sirvieron para describir ciertos patrones de conducta basados en el condicionamiento operante, para probar la posibilidad de predecir y controlar ciertas acciones de los animales.
Son el entorno y las consecuencias de los actos los que modelan la conducta. El ser humano, por lo tanto, no puede ser libre, al menos si por libertad entendemos indeterminación, es decir, la capacidad para actuar independientemente de lo que ocurra a nuestro alrededor. La libertad es, pues, nada más que una ilusión muy alejada de la realidad, en la que cada acto está originado por unos desencadenantes ajenos a la voluntad de un agente que decide.
Skinner creía que el ser humano tiene la capacidad de modificar su entorno para hacer que este lo determine del modo deseado. Esta perspectiva no es más que la otra cara de la moneda de la determinación; el ambiente siempre nos está afectando en nuestros comportamientos, pero al mismo tiempo todo lo que hacemos transforma también el ambiente. Por lo tanto, podemos aplicar este bucle de causas y efectos sobre unas dinámicas que nos beneficien, dándonos más posibilidades de actuación, a la vez, un mayor bienestar.
Esta postura filosófica, que hoy en día es relativamente normal en la comunidad científica, sentó muy mal en una sociedad estadounidense en las que los principios y valores de los liberalismos estaban y están fuertemente arraigados.

Sofía estaba entusiasmada con su nuevo libro, que ya no sería de cuentos infantiles. Ahora sería un proyecto a lo grande, para un público adulto, y esperaba concienciar a la población con él. ¿Qué nos estamos comiendo? ¿Que están comiendo nuestros mayores? ¿Qué están comiendo nuestros hijos? ¿A dónde vamos a llegar, si seguimos por este camino? Sofía se sentía cansada, pero, a la vez, entera y tranquila. Ha sabido darle un sentido a su vida. Su principal prioridad es recuperarse y participar de lo que vendrá por delante, ya que se avecinan grandes cosas para la ciencia, y ella está entusiasmada, porque, aunque ha sido maestra, y es una fantástica escritora de cuentos, todavía siente que tiene mucho que aprender por el camino.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado!! Que grande eres!! Gran artista, gran escritora... cómo describes y relatas todo de tal manera que parece lo esté viviendo... Enhorabuena!! 👏👏👏👍👍😊☺😊😊😊😘💞💓

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