viernes, 4 de enero de 2019

Día de Reyes



Era el típico día de Reyes, y estaba muy nerviosa, ¡Saldría en la cabalgata! ¡De hada! Mi madre me había hecho un traje y unas alas muy bonitas. Era la primera vez que iba a subir a una carroza y estar en todo ese berenjenal, y a la vez con mucha ilusión, pero no sabía cómo iba a subir con “mi pata chula”, pero no podía dejarla en casa, tenía que levantarme y tirar caramelos. Pensaba en todas estas cosas cuando se me hizo la luz, ¡sí! ¡Eso haría!

Fueron subiendo todas las Hadas a la carroza y yo me quedé para la última. Como el vestido era largo, no se me veían las piernas. Era vaporoso y espectacular, tenía una caída y un color verde agua… ¡Era maravilloso! ¡Me sentía como una princesa!, pero lo que iba hacer, no sabía cómo sentaría a las demás. Al fin dieron la salida, se abrieron las puertas, y ya se oía el griterío de la gente. No sé quién era peor, si los padres o los niños, acercándolos demasiado a las ruedas, pensé ¡algún día pasaría una desgracia!, pero no debía pensar en eso, tenía que cumplir mi misión, lo que me había propuesto, aunque ahí estaban, reclamando sus golosinas; me armé de valor y lo hice, ¡sí! ¡Vaya si lo hice! Tiré mi pata chula, mi armazón de hierro y grité, ¡Ya! ¡Se acabó! ¡Ya no lo quiero más! ¡Me niego a llevarlo! Todos se asustaron al verlo caer desde esa altura, pero yo no cejaba en mi protesta. Y ahí quedó todo, hice un ridículo espantoso, además de parecer patética. El bochorno, me subió a la cara y me puse roja. Ni en una película de terror podría haber parecido más estúpida.



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