miércoles, 16 de abril de 2025

Raices al Viento


Ya no soy la gacela
que cruzaba la pradera, 
ahora soy hierba temblorosa
con la lluvia primera.  
 
El coyote del miedo  
ronca en mi oreja, 
y mis huellas,
—antes seguras—
ahora son hojas
que el viento aleja. 
 
¿Y si soy semilla
que el invierno aplasta? 
¿Y si soy pájaro 
con el ala quebrada?
 
Pero no… 
Porque bajo la tierra, 
aún tiembla la raíz, 
y el roble que fui
no se rinde así.
 
Aprenderé de la enredadera,
que trepa despacio,  
y del colibrí 
que vuela cansado,
pero no se calla.
 
Mis huesos son troncos  
que el tiempo restaurará,
mi sangre es savia
que volverá a latir. 
 
Y aunque el lodo me jale,
y la noche me diga  
que me quede quieta… 
¡Yo seré tormenta! 
¡Tormenta que revive!




domingo, 13 de abril de 2025

El Colibrí y el León



Mis alas son frágiles,  
pequeñas, casi invisibles,  
el viento me empuja  
y a veces me hace caer.  
 
Pero late dentro de mí 
un rugido escondido,  
el corazón de un león  
que no sabe de miedo.  
 
El cuerpo es ligero,  
tembloroso, cansado,  
pero el alma es feroz,  
incansable, indomable.  
 
No es la fuerza del músculo  
la que escribe mi historia,  
sino el fuego que guardo  
en las alas rotas.  
 
Porque el colibrí vuela  
aunque el cielo sea pesado,  
y el león que llevo dentro  
no se rinde al cansancio.  
 
Así, con plumas débiles  
y un corazón de batalla,  
cruzo esta tormenta  
con esperanza en el alma.  
 
Y si el cuerpo flaquea,  
si las alas se quiebran,  
el rugido persiste...  
y la lucha no termina. 


Trenzas Salvajes y sus gomas rebeldes

 

No eran adornos,  
Eran declaraciones de guerra:  
gomas neón,  
elásticos gastados,  
nudos que sostenían el universo
mientras ella corría  
contra el viento.  
 
Llevaba el pelo  
como mapa de batallas:  
—aquí una tarde de abril,  
—allí la huella de un portazo,  
—este rizo rebelde, testigo de carcajadas  
que aún resuenan en los armarios.  
 
Las gomas no eran de niña,  
eran de arquera
—tensando recuerdos,  
—disparando versos,  
mientras las trenzas,  
deshechas a medio día,  
contaban secretos  
que el espejo nunca entendió 



La Escayola de la Vida

 

Hoy, con la escayola en mi caminar,  
siento el peso de la inmovilidad,  
pero también la luz de la bondad.  
 
La amistad es brisa en el dolor,  
los vecinos, manos en mi puerta,  
la familia, mi eterna certeza.  
 
Qué suerte es saber, en la caída,  
que no estoy sola en la cañada:  
amigos, risas, pan compartido,  
y el corazón que nunca olvida.  
 
La escayola romperá algún día,  
pero este amor... ¡quedará en la mía!  



viernes, 11 de abril de 2025

Viernes de Dolores, madre querida


En altares de lirios y penumbras,  
la luz de una vela tiembla y rezuma,  
Viernes de Dolores, la tierra se encumbra,  
pero hoy mi alma en silencio naufraga y se arrumba.  
 
Eras el aroma de la albahaca fresca,  
el consuelo que el tiempo no apresa.  
2023 te llevó en su premura,  
y hoy tu ausencia es mi noche oscura.  
 
Siento tu mano en el viento ligera,  
tu voz en el canto de la enredadera.  
Me abrazas en sombras de la tarde caída,  
y en cada plegaria, renace tu vida.  
 
Hoy el dolobre pesa más que el cielo,  
las campanas doblan sin consuelo.  
Busco tu risa en el rocío del alba,  
y solo me abraza la nostalgia que cala.  
 
Pero en el murmullo del agua serena,  
en la semilla que la tierra ordena,  
sé que tu amor, como raíz profunda,  
eterna florece... aunque el mundo se hunda.  
 
Madre, no es adiós, es hasta siempre,  
en cada latido, en la savia que siente.  
Viernes de Dolores... tu luz me acompaña,  
en el alma llevo tu eterna guirnalda.


Rodeada de Ángeles

 

Entre paredes blancas y silencios frágiles,  
llegaron sin alas, con risas y pan.  
Un matrimonio de campo, manos nobles y ágiles,  
arcáicos en palabras, pero eternos en su afán.  
 
Él, con historias de surcos y olivos,  
ella, tejiendo versos de un tiempo sin reloj.  
En sus ojos, el eco de los campos olivos,  
y en su voz, un arrullo que calmó mi temblor.  
 
Pero hubo más ángeles tras batas blancas y frías:
médicos que bordaron con hilos de precisión,  
enfermeras que urgían noches y madrugadas frías
con termómetros, sonrisas y cálida dedicación.
 
Cirujanos de oficio, con manos de ciencia y fe,
bordaron en mi codo un milagro de papel estéril. 
Su sabiduría, brújula; su tacto, un dulce vaivén… 
¡Cuánto amor se esconde tras un gesto profesional!  
 
Y en las sombras del alba, cuando el dolor susurraba,
una voz de enfermera, como brisa, me envolvió. 
«Todo irá bien», decía, y la esperanza brotaba  
en goteros de calma que su oficio me brindó.  
 
Dos días de infusiones, de noches entre lares,  
mientras la luna espiaba tras el cristal opaco.  
El quirófano llamó, y entre luces solares,  
mi codo se hizo nuevo bajo un cielo de láser y taco.  
 
Ahora el dolor es sombra que el viento se llevó,  
y en casa me aguardan, con el sol en el umbral.  
Los ángeles se quedan... su bondad respiró  
en mi piel, en mi almohada, en este vuelo hacia la paz.  
 
—Porque hasta en el infortunio, la vida dibuja tramas:  
los doctores sanaron el codo, los humanos el alma. 
Gracias, héroes sin capa, por devolverme el alba.


Esther y los pasos perdidos



El mundo de Esther se construyó sobre un temblor. Desde que aprendió a caminar, el suelo fue un aliado traicionero. A los cinco años, mientras corría tras las mariposas en el jardín de la casa familiar, sus rodillas se estrellaron contra las piedras del sendero. La sangre manchó su vestido amarillo, pero su risa, aguda como el canto de un grillo, se mezcló con el viento. «¡Soy una guerrera!», gritó a su madre, levantándose con las palmas llenas de tierra. Esa fue la primera vez que el dolor se transformó en orgullo.  
A los doce, los tropiezos ya no eran anécdotas, sino señales. En la escuela, sus caídas bruscas entre los pasillos la convirtieron en blanco de miradas compasivas. «¿Te duele algo, Esther?», preguntaban los profesores. Ella negaba, mordiendo el labio. Por las noches, frotaba sus piernas frente al espejo, como si con la fricción pudiera devolverles la firmeza. Su hermano pequeño, Lucas, la espiaba desde la puerta. «Eres como un árbol en una tormenta», le dijo una vez, y ella rio, aunque esa noche lloró en silencio, ahogando el sonido en la almohada.  
La muerte de Lucas llegó en un atardecer de octubre. Un coche mal estacionado, una bicicleta que salió disparada como un pájaro herido. Esther sintió que el mundo se partía en dos: de un lado, la vida antes de aquel grito desgarrado; del otro, un vacío que se colaba por las grietas de su casa. Su madre, Marta, dejó de tejer bufandas y de cantar en la cocina. Se convirtió en un espectro que miraba por la ventana, hasta que un día, tres años después, se acostó y no volvió a levantarse. «Es el corazón», dijeron los médicos, pero Esther sabía que había sido el dolor el que la consumió.  
A los veinticinco, Esther vivía en un apartamento diminuto, con ventanas que daban a un callejón donde los gatos maullaban al amanecer. Sus piernas, antes rebeldes, ahora eran pesadas como troncos podridos. Cada mañana, al despertar, ejecutaba un ritual: flexionar los dedos de los pies, masajear los músculos tensos, respirar hondo antes de dejarse caer al borde de la cama. El suelo era un enemigo íntimo, un espejo que le devolvía su fragilidad.  
—¿Necesitas ayuda? —preguntaba su prima Rosa los domingos, mientras horneaba pan de nuez, cuyo aroma dulzón inundaba la cocina.  
—No —mentía Esther, aferrándose al mármol de la mesa hasta que los nudillos le palidecían.  
Rosa no insistía, pero dejaba el andador junto a la puerta, discreto y amenazante.  
Fue Javier, el primo poeta, quien notó la sombra en su mirada. Él llegaba con libros bajo el brazo y le leía versos de Neruda y Mistral en voz alta, mientras ella cerraba los ojos, imaginando que las palabras eran bálsamo para sus huesos. Una tarde, tras recitar «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar», Javier posó el libro sobre su regazo.  
—Tu camino es distinto, Esther, pero sigue siendo tuyo —dijo, y su voz tembló levemente, como si las palabras le costaran más de lo que admitía.  
Clara, su amiga desde la infancia, era la única que no evitaba la crudeza.  
—Vas a usar el maldito bastón —le espetó un día, tras verla caer frente al espejo del baño—. No es una derrota, es… otra forma de luchar.  
Esther miró el bastón, de madera oscura y empuñadura plateada, que llevaba semanas acumulando polvo en un rincón. Lo tocó: frío, áspero, ajeno. Pero cuando lo sostuvo frente a sí, sintió algo extraño. No era resignación, sino rabia. Una rabia fina, afilada, que le recordaba a cuando era niña y se levantaba con tierra en los dientes.  
La primera vez que salió a la calle con él, el sonido del metal golpeando las baldosas le quemó los oídos. Los vecinos la miraron con esa pena disfrazada de sonrisa que tanto odiaba. Pero en el parque, al sentarse en su banco favorito, notó algo: el bastón le permitía alargar la mano para tocar las hojas del arce que tanto amaba. Y cuando una niña pequeña pasó corriendo y tropezó cerca de ella, Esther, sin pensarlo, extendió el bastón para que la pequeña se agarrara.  
—Gracias, señora —dijo la niña, con una sonrisa que le partió el alma.  
«Señora», repitió mentalmente. A sus veinticinco años, el título le sonó a crueldad. Pero esa noche, mientras escribía en su diario —un cuaderno forrado en tela azul, donde volcaba versos desde los catorce—, encontró una verdad incómoda: el bastón no la hacía invisible. La hacía más real.  
Los días se volvieron una coreografía de movimientos calculados. Levantarse, apoyarse, respirar. A veces, el miedo la paralizaba: «¿Y si nunca más puedo viajar sola? ¿Si mis poemas se quedan encerrados en estas cuatro paredes?». Entonces, recordaba a su madre cosiendo en silencio tras la muerte de Lucas, las agujas tejiendo dolor en puntadas perfectas. Recordaba a Javier leyendo con voz firme, a Clara riendo como si el mundo no pesara.  
Una tarde, mientras clasificaba fotos viejas, encontró una de Lucas sentado en sus hombros, ambos riendo en un campo de girasoles. Esther apretó la imagen contra el pecho y dejó que las lágrimas mojaran el plástico. Luego, tomó su bastón, salió a la calle, y caminó hasta la librería donde trabajaba Javier. Le costó una hora recorrer tres calles, pero cuando llegó, su primo la abrazó sin decir nada. El olor a papel viejo y café le recordó que, aunque el mundo se movía más rápido que ella, aún podía alcanzarlo.  
—No voy a dejar de escribir —susurró esa noche, mirando la luna desde su ventana—. Ni de vivir.  
Y aunque sus pasos eran lentos, cada uno llevaba grabado el eco de todos los que había dado antes.  
FIN